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Espiritualidad

“Tenemos que vincularnos a nuestros paisajes, no solamente a los externos, sino a los internos”

En esta ocasión entrevistamos al P. José Francisco Navarro SJ, autor de la muestra “Apocalipsis 21: Paisajes literarios de resistencia y esperanza”, que se estuvo exponiendo hasta hace poco en el museo Pedro de Osma de Barranco (Lima).  Hablamos sobre esta exposición, sobre su lectura del Apocalipsis y sobre los cambios que experimenta actualmente nuestra sociedad.

Por Jorge Ruiz Z.

 

 

¿Por qué pintar el Apocalipsis?

La muestra se inicia en México, país que junto a Brasil y Perú forman parte de los lugares donde la Compañía me pidió estudiar. Cuando pienso en esta exposición, el año pasado, por invitación de la Universidad Iberoamericana, me pregunto qué voy a presentar y en ese momento estaba muy de moda el apocalipsis Maya. Entonces pensé en romper los esquemas de la gente y hablar del apocalipsis, pero no del destructivo, caótico, sino en su sentido más hondo: un mensaje de esperanza a los que están marginados, a los que son perseguidos, a los que sufren violencia, para que estando en una situación límite resistan en busca de una promesa de salvación, de liberación. Entonces la idea es transmitir un mensaje de esperanza y resistencia que, lo que para mí es la poesía y el arte, pues nos ayudan a resistir en situaciones de violencia.

La resistencia, dices, nos da la posibilidad de sobrevivir. ¿Cómo se interrelaciona esto con la esperanza?

Hay situaciones tan devastadoras, como las que viven algunas ciudades en México, donde no hay posibilidad de que el Estado tome el control, pues están en manos de los narcotraficantes, donde hay que resistir esta situación, para no ahogarte. Es un aguante ante el peligro inminente de la muerte. Resistir está vinculado a la esperanza. La esperanza es el motor para la resistencia y el arte juega ese papel. Si ves la vida de los pintores, poetas, músicos, ha sido el arte el que los ha ayudado a sobrevivir.

Y los paisajes, ¿cómo entran en todo el “rollo” apocalíptico?

Tiene que ver con una cuestión biográfica. Yo descubro el cielo azul fuera de Lima, cuando regreso a Huancayo. El sol brillante, el Valle del Mantaro multicolor, la nieve, el granizo. En los campos, en el valle uno siente vida. En ese tiempo, de niño y adolescente, pensé en que eso iba a durar toda la vida. En que yo iba a morir y eso iba a continuar. Pero en un tiempo récord el Valle del Mantaro está depredado. La tierra, el aire, el agua, todo está contaminado. Las retamas ya no tienen el olor que deben tener. Mi generación pensaba que los Andes no iban a acabarse nunca.

¿Tendrá que ver esto con la característica del latinoamericano de ser un tanto fatalista y lleno de miedos? A pesar de que somos también alegres, se trata de una dualidad medio extraña, estamos alegres o cantamos huaynos tristes.

Latinoamérica tiene los extremos: el carnaval de Río por un lado y los pasillos por el otro, que son lamentos, tristeza. Creo que en Latinoamérica es donde se va a jugar la última esperanza en el mundo, porque África está totalmente devastada. Europa también lo está, pero culturalmente. Sin embargo, hay posibilidad de salvarnos. Depende de que tomemos conciencia de que la naturaleza y las cosas no son eternas. Debemos cambiar de punto de vista. Mi vinculación con la pintura y la literatura va hacia ese punto. Intento asir el instante, para que no se destruya, para contribuir a una memoria colectiva que es lo que va a quedar. Este es el mensaje último. El arte tiene de profético porque denuncia situaciones de injusticia, de desigualdad, a través de un lenguaje y argumentos que invocan a una transformación interior, que se vincula a la espiritualidad, a la espiritualidad bíblica y concretamente al Apocalipsis. El elemento más hondo del Apocalipsis no es la destrucción sino la esperanza, especialmente el capítulo 21. De allí el nombre de la muestra, se trata de ver esa nueva realidad que es la esperanza.

Un autor que repites bastante en las citas de la muestra es José Emilio Pacheco, ¿a qué se debe?

A mi paso por México. Sin duda, es uno de los poetas más destacados a nivel latinoamericano. Por un lado, por su destreza en el manejo de la lengua. Es Premio Príncipe de Asturias y es además un erudito capaz de trabajar temas cotidianos, urgentes, con un lenguaje también cotidiano. Me fascinan los poetas que a través de simples palabras nos dan a conocer el mundo metafórico que nos rodea.

Muchos de estos autores en sus primeros años fueron huérfanos, ¿tiene que ver esto con la tristeza que proyectan en sus obras?

Yo creo que sí. Se identifican con buena parte de la humanidad, esa situación de orfandad latente. Octavio Paz habla de la orfandad de América Latina.

¿Nos sentimos huérfanos?

Si tú preguntas a jóvenes en los barrios de Lima te vas a dar cuenta de que la ausencia paterna es muy fuerte, es muy común, la que saca normalmente adelante al hogar es la madre. El padre está ausente de manera efectiva o velada. Entonces hay una ausencia original, tal como interpreto yo a Octavio Paz. “Somos fruto de una violación” dice Paz. Entonces, la gente se vincula más a la madre, a la pacha mama, que al conquistador. Esto, al parecer, ha generado una cultura patriarcal y machista en la que la ausencia del hombre en el hogar es fundamental. Más allá de eso, estos autores que sufrieron la orfandad, especialmente Rulfo y Arguedas, sea de madre o de padre, están hablando de una situación universal de orfandad. El hombre en determinado momento de la historia se siente solo y sin líderes. El único que está destacando hasta el momento es el Papa. Estamos viviendo una etapa de ausencia de liderazgo en nuestro propio país, político, social, una ausencia muy sentida.

¿Esta ausencia profundiza el temor arraigado en nosotros?

Yo creo que sí. Me llamó mucho la atención lo que significó el movimiento que se originó tras la elección de Francisco. Me preguntaba qué pasa, por qué todos estaban tan pendientes. Creo que hay una conciencia de que, como hemos perdido la fe en las instituciones y personas, nos hemos quedado vacíos. Pero poco a poco estamos viendo que hay señales que podemos recuperar. Esta muestra va en esta línea. Podemos recuperar la memoria. No podemos quedarnos indiferentes. Tenemos que vincularnos a nuestros paisajes, no solamente a los externos, sino a los internos. Muchos me han dicho que los paisajes que han visto les hacen recordar cosas. Evocan situaciones paradisiacas. Pero también hay paisajes tristes, dolorosos. En el género paisaje, lo que hace la pintura es mostrarte ventanas. Todo cuadro es una ventana. Pero un paisaje no es otra cosa que una clara y directa ventana a la naturaleza o al cosmos. Ventanas que te vinculan a esa otra realidad. Una niña en la mañana miraba uno de los paisajes con repulsión, y eso es exactamente lo que quiero; provocar sensaciones. Ver las dinámicas de luz, pero también de autodestrucción, de muerte y oscuridad. Eso es el Apocalipsis: fases de luz, fases de oscuridad, promesas de paraíso.

¿Podemos encontrar alegría en la muerte?

Hay diversos niveles. Hay muertes ausentes de alegría, las que claman al cielo, la muerte de los inocentes. Estas muertes más bien producen desolación extrema y solo tienen sentido en la medida de que permitan decir que no pueden haber más muertes de inocentes. La muerte de mi padre es otro tipo de muerte, por cuestiones naturales, es inevitable. En ese sentido es algo con lo que contamos al nacer. Nacimiento y muerte son dos fases de la historia humana. Si hay algo de lo que podemos estar seguros, es de morir. Si estamos encaminados a la muerte, no podemos perder tiempo. Tenemos que desarrollarnos plenamente a nivel individual y colectivo. En esa dinámica, hay muertes que se pueden dar con alegría. Tenemos que morir a muchas cosas que aparentemente nos ofrecen éxito, bienestar y seguridad. Lo que antiguamente se llamaba ascética. Hay que desprenderse, dejar partir a las cosas. Dejando partir a las cosas inicialmente puedes tener tristeza, pero después vas a comprender que eso se vincula con una realidad más amplia, más honda, y que eso puede fundamentar una verdadera alegría. Por ejemplo, San Ignacio habla del desprendimiento, que es un tipo de muerte. Él deja a su familia y su confort y decide convertirse en un peregrino. Muere a su vida privilegiada y cómoda, y acepta un camino de absoluta inseguridad y de un desafío constante. Yo he visto esto en mucha gente, no necesariamente religiosos, que han renunciado a una vida de confort y de seguridad y han optado por una vida más desafiante, generosa, aventurera. Ese tipo de muerte, tarde o temprano, fundamenta una alegría intensa.

¿Es la idea de muerte que se debería difundir, la del desprendimiento?

Es un tema de renuncia, cosa que en una cultura como la nuestra es casi imposible porque es una cultura del éxito, del confort, del acumular más y más, sin límites. Los paisajes están convirtiéndose en escenarios cada vez más desolados por la codicia, porque la gente está queriendo explotar cada vez más los bosques, la naturaleza.

Otro tipo de renuncia: a la belleza, a la naturaleza…

Ahí la renuncia cambia de nombre e implica codicia; es todo lo contrario. Ahí no se conoce la pobreza, la sencillez, lo bueno, lo verdadero. Simplemente hay una obsesión por acumular. Como dice el papa Francisco, estamos en una cultura del descarte. Se descartan muchas cosas, se descarta la calidad de vida y ¿para qué? Para acumular y para que se sirvan unos cuantos. Es irracional, absurdo.

¿Cuál sería la particularidad de tu muestra?

Mi oferta quiere ser diferente. El arte no puede ser visto como una cuestión vinculada nada más a un sector social, ni visto como vinculada a instituciones como los museos y galerías. Creo que lo que esta muestra brinda son los medios para hacer una experiencia. Mi propuesta no es nada más que una exposición. Es una vivencia que la gente tiene que pasar.  Claro que hay gente que no ve nada. Hay gente que entiende y hay otros que no.

¿Y cómo hacer para que estas personas “aprendan” a ver?

Yo tengo una confianza grande en los niños, en los jóvenes. Cuando la gente se encuentra con un cuadro o un texto, si uno motiva a la persona, mi experiencia concreta en todos estos años de docencia me ha demostrado que se compran el pleito. Entran, ven. Y eso cambia sus vidas. Por eso es que son ventanas para ir a otras realidades. Obtienen otra sensibilidad y ya no los van a engañar.

Y eso es algo que no le conviene a la gente que manejan este sistema.

No les conviene a los que quieren sostener este sistema caduco. La codicia humana va acabar con el planeta y a lo mejor va a terminar solamente, cuando la humanidad termine. Sin embargo, creo que hay una manera de estar en el mundo que está acabando. Nos estamos dando cuenta de que no podemos seguir así, sino mira a “los indignados” en Europa, en Brasil, en el mundo Árabe. Nos falta en el Perú salir del letargo, estamos comenzando muy tibiamente.

¿Coincide esto con el cambio de paradigmas del papa Francisco? ¿Se ha dado cuenta la Iglesia de esta disconformidad?

Esto se ha conseguido a pesar de la misma institución. Hay momentos en la historia de la humanidad en las que hay quiebres. Hay una fuerza, un terremoto que quiebra algo y hace que se comiencen nuevas etapas. Hay una feliz sincronía entre esta oleada de indignación planetaria y la aparición de una persona que, honestamente, nos sorprendió a todos, especialmente a los jesuitas. Da la impresión de que está vinculando toda una fuerza de renovación, más allá de creyentes o no creyentes. No recuerdo una situación parecida. Quien se acercó en algo fue Juan XXIII, pero más atrás no recuerdo.

Finalmente ¿cómo debemos entender al Apocalipsis?

La vida misma debe entenderse como una revelación. El cristianismo nos invita a ver signos esperanzadores en la humanidad de cara a nuestro propio proceso humano. No de decadencia, no de destrucción. Como dice el texto bíblico “la muerte no es la última palabra” o como dice Vallejo “solo la muerte morirá”. Entonces, al final, esa esperanza va más allá de los textos religiosos y nos vincula con las potencialidades de una humanidad que puede salir adelante y que tiene las fuerzas para ello. Desde la fe, está ahí la presencia liberadora de Cristo que nos empuja con su propia muerte y resurrección. En este caso, la muerte anticipa a la alegría y a la vida. Eso es la revelación: la vida va a vencer a la muerte.

 

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