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Nuestra historia

En 1540 Ignacio de Loyola, junto con otros seis estudiantes de la Universidad de París, funda la Compañía de Jesús, en Roma. Inicialmente, aquellos jóvenes no pensaron fundar una nueva orden religiosa, mas con el paso del tiempo, movilizados por su experiencia de Dios y por la crisis que vivía la Iglesia en tiempos de la reforma protestante, maduraron la idea de conservar una vinculación especial entre ellos. Es así como deciden constituir un solo cuerpo al servicio de la Iglesia.

Algo de historia

Poco después de haber sido reconocidos como una orden religiosa por el Papa Paulo III los primeros jesuitas son enviados a diferentes lugares del mundo, tanto a los debates teológicos en el Concilio de Trento como a la lejanía de la India y del Japón, hasta donde llega Francisco Javier. Ignacio de Loyola permanecerá en Roma como primer Superior General, organizando las labores apostólicas y redactando las Constituciones de la Compañía de Jesús.

Los jesuitas pronto empiezan a acoger nuevas vocaciones. De haber sido un pequeño grupo de amigos que compartían estudios, comenzaron a recibir a gente de diferentes edades y de distintos orígenes. Como fruto de la preocupación por la formación de los jóvenes que querían ser jesuitas surgen luego los Colegios de la Compañía de Jesús. Estos Colegios tienen tanto éxito que pronto se abren a un público más amplio. La educación escolar, tal como la conocemos hoy, comienza en ese momento. Los jesuitas fundan así la primera gran red de colegios, proyecto que luego hará también posible la fundación de universidades, hasta constituir una red universitaria de alcance mundial.

Cuando en la Europa de entonces empezaban a arribar vientos de nuevos territorios y culturas, la Compañía comienza a hacerse presente en los distintos continentes. La Compañía de Jesús es primordialmente una orden misionera. Son diversos los jesuitas que a lo largo de la historia han destacado por tratar de establecer un diálogo verdadero con las diferentes culturas, cada uno según el lenguaje y las necesidades de su tiempo, cada uno con distintos resultados, pero siempre basados en un principio fundamental de respeto a la dignidad del ser humano por el hecho de ser “creatura” de Dios. Hombres como Mateo Ricci en la China, Roberto de Nobilli en la India y el limeño Antonio Ruiz de Montoya en las Reducciones del Paraguay, llevaron esta espiritualidad a la práctica.

La Compañía ha tenido una especial intervención en la historia de la Iglesia y del mundo. Pero su preocupación por un mundo más justo, también le trajo problemas, especialmente con los más poderosos, con quienes la Compañía también trabajaba. Corría el siglo XVII, una época de intrigas palaciegas y de grandes intereses políticos y económicos. La influencia de la Compañía de Jesús era tal que pronto las casas reales europeas la verían como enemiga de sus intereses. Fue así como los jesuitas fueron expulsados de los territorios de Portugal y España, así como de los territorios de Francia, para finalmente ser suprimidos por el Papa Clemente XIV en 1773. Muchos jesuitas fueron encarcelados, expulsados de sus países, asesinados o simplemente les dejaron morir en alta mar.

La Compañía de Jesús había dejado de existir legalmente. Sin embargo, un pequeño grupo de jesuitas seguía existiendo en la Rusia de Catalina la Grande, quien no quiso acatar el decreto papal y continuó apoyando el trabajo de los jesuitas en sus dominios. El grupo de Rusia creció considerablemente, de tal forma que cuando el Papa Pío VII restablece la Compañía en 1814, los jesuitas estaban listos para ser enviados allá donde la Iglesia los necesitaba.

El tiempo transcurrió y el espíritu que impulsó a los primeros jesuitas siguió presente en la Compañía del siglo XX. Alimentados por el redescubrimiento de las fuentes de su espiritualidad, bajo la inspiración del Concilio Vaticano II, los jesuitas han extendido su misión por todo el mundo, trabajando al servicio de la fe y de la promoción de la justicia. El año 2008 esta misión fue confirmada por la Congregación General 35, que llama a todo jesuita a trabajar por que todo hombre y mujer logre establecer relaciones justas con Dios, con los demás y con la creación. 

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